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Herenia de la plaza

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Un perfil sobre Herenia Sanchez Viamonte, madre de desaparecidos, militante incansable de los derechos humanos y familiar de varios músicos de la escena. Memoria, Verdad y Justicia, ahora y siempre.

por Bárbara Delle Donne

El 18 de octubre de 1977 Herenia volvía de la escuela cuando un llamado la estremeció.

—Necesito que vengas a buscar a las nenas. Cecilia no puede cuidarlas, está enferma.  Vení cuanto antes.

Santiago la había llamado desde su casa de Mar del Plata, la que habían estrenado hacía menos de dos años, pidiéndole que cuánto antes busque a Celina y a Verónica. Después de pensarlo, decidió no ir en el auto, le daba miedo. Tampoco quería ir acompañada, Santiago así se lo había pedido. Caminó las cuadras que separaban su casa de la terminal de micros para sacar un pasaje cuanto antes. Una columna de humo se esfumaba sobrevo la fachada del Teatro Argentino, pero en su prisa no se detuvo. Unas horas más tarde escucharía que ese incendio había destruido casi en su totalidad a aquel coloso de 10 y 51. El mismo día que el fuego destruyó todo fue en el que Herenia vio por última vez a su segundo hijo.

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Era jueves santo de 1960 y el teléfono de su casa sonó. Era Ataulfo Serafín Pérez Aznar, el ministro de educación de la Provincia con una importante noticia: se iban a crear tres escuelas nuevas en Ensenada, Berisso y La Plata. Ese año había más alumnos que escuelas. No había infraestructura que soporte y cientos de chicos se quedaban sin clases. Le propuso que ella sea quien ayude a organizar y dirija la ES Nº 2,  o como sería conocida ‘La Legión’, ubicada en 12 y 60. Lo dudó bastante. Era mucho trabajo y empezar de cero, pero le convenía: tenía muchos hijos chicos.

Herenia Sanchez Viamonte nació en 1926. Estudió en el Normal 1 y se recibió de docente en el 1944, donde eligió la historia como su universo de enseñanza. Hace 37 años que vive en la misma casa. Un cuadro familiar está sobre la mesa al costado de la puerta de entrada. Siete personas sentadas en el pasto, seis hijos y una mamá sonríen para la cámara.  Un árbol que abraza en sus ramas a un chico 18 años recién cumplidos. “Ese, el de la derecha es Santiago”, señala. “Y el de la otra punta, mi otro hijo el que perdí en un accidente en el ’64”. Se queda pensando y dice en voz alta: “qué casualidad los dos extremos de la foto. Así que de los 6 ahora tengo 4”.

Ella nunca supo exactamente donde vivían, Santiago y su pareja, Cecilia Eguia Benavidez, nunca se lo dijeron. Solo sabía que estaba a tres cuadras de la Policía Federal, en Mar del Plata, “Por más de que los hubieran buscado en cualquier lado, nunca entendí por qué se fueron ahí tan cerca”, reflexiona ahora.

El 11 de octubre, sábado anterior a la desaparición, el diario local anoticiaba sobre un procedimiento en el que las fuerzas de seguridad habían desbaratado, como describían entonces los medios, una célula terrorista.

Santiago y Cecilia querían proteger a su familia, pero con haber huido de su ciudad natal no bastó. Cuando tuvieron a las chicas Celina dejó la Facultad, pero Santiago siguió con la carrera que compartían: Arquitectura. Facultad donde, según recuerda su mamá, empieza a militar en el Partido Comunista Marxista Leninista. Estaba en tercer año cuando se tuvo que escapar de la ciudad. Antes, vivían en una casa en pleno barrio platense 3 entre 34 y 35. Tenía un porche y el frente pintado de blanco incandescente. Un día en una de las paredes de las entradas descubrieron escrito en la parte inferior que chocaba  con la vereda y en letra chica ‘CNU’.

La Concentración Nacional Universitaria fue una organización terrorista de ultraderecha fundada oficialmente el 7 de agosto de 1971 en Argentina que tuvo su base en Mar del Plata y La Plata. Cometió asesinatos y hechos de violencia de terrorismo de Estado, en complicidad con las fuerzas policiales y militares. Luego de que apareciera en 1973 la organización terrorista y paramilitar Triple A, se integró parcialmente a la misma y al ser derrocado el gobierno constitucional de la presidenta María Estela Martínez de Perón el 24 de marzo de 1976, algunos de sus integrantes pasaron a colaborar con los grupos de tareas dirigidos desde la dictadura militar. Ese año Santiago y Cecilia comenzaron a pensar la idea de irse. Ya estaban casados y habían tenido a las dos nenas y el peligro cada vez aumentaba más.

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Herenia podría estar todo el día hablando de su paso por sus escuelas, de sus alumnos y sus compañeras. Pero su cara cambia cuando habla de su renuncia a la ES Nº2. Cuando pasó lo de Santiago para ella fue imposible ir a dar clase, no estaba en condiciones. “Para ese entonces el Ministro de educación era de los militares. Solari se llamaba, el tipo sabía de educación como yo de medicina. Cuando se enteró que tenía un hijo de desaparecido empezó a hacerme la vida imposible, entonces en mayo me jubilé”, cuenta Herenia, que igual siguió ejerciendo la docencia en el Bachillerato de Bellas Artes hasta el 1991, una de sus escuelas favoritas.

El horror en la vida de Herenia comenzó en 1975. La CNU secuestró a su sobrino Hernán Roca. “Ahí empezaron todas las muertes, el terror, las desapariciones. Los chicos ni salían a la calle ni de noche, ni de día, porque tenían terror”, cuenta. Cuando mataron a su sobrino sintió que fue un aviso. Un año después secuestraron a su compañera, también profesora de historia del Bachillerato de Bellas Artes, Irma Zucchi con la que vivían a pocas cuadras de distancia. Iban y volvían juntas del colegio, caminando o en el auto

La Noche de los Lápices, la tocó muy de cerca: la mayoría de los chicos que se llevaron y los sobrevivientes, fueron sus alumnos. Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Francisco Muntaner, Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Juan Cristóbal Mainer y Emilce Moler. Era de noche y pensaba dos veces en si atender o no el teléfono era la mejor idea, atendió era la mamá de Claudita Falcone, su alumna, que se la habían llevado.

“Ahí nos empezamos a juntar algunos con los padres que empezaron a ir al colegio pidiendo ayuda, me acuerdo que era de noche y nos juntamos todos; estaban los papas de Emilce también. Imaginate que el director era interventor y era igual de milico que los que se llevaban a los chicos. Peor inclusive: los entregaban”, recuerda.  Así Herenia, a pesar de las advertencias de su marido, a las que nunca escuchó mucho, empezó a ir a las reuniones que los padres de los chicos organizaban; quería ayudar. Desde ese momento, empieza a participar en las marchas de Madres. Por sus alumnos, por los hijos de amigas de ella y por su compañera Irma.

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Cuando llegó a Mar del Plata sacó en la boletería el pasaje de vuelta para ese mismo día a las 12 de la noche.

Pasó la puerta de entrada del departamento que su hijo y esposa estaban alquilando y vio las valijas armadas con toda la ropa de las nenas adentro, los juguetes y sus documentos. Cecilia no estaba en la casa.

—¿Vamos a comer algo?

—Mejor que vayas vos a comprar algo mamá, así no bajamos todos.

Comieron y al rato empezaron a llamar taxis. Como no andaba ninguno caminaron una cuadra hasta el camino Costanera y ahí lo tomaron. Llegaron a la estación. Herenia subió con las nenas y las valijas, se sentaron en la  segunda hilera de asientos. Celina y Verónica tenían dos y tres años. El colectivo puso en marcha el motor, dio marcha para atrás para acomodarse y salir; miró para la ventana y cuando estaba por alcanzar vio a Santiago que estaba ahí parado al lado de una columna mirando.

“Yo le veía la cara y pensé: no lo voy a ver más”, recuerda Herenia.

El 18 de octubre buscó a las nenas, el 24 se llevaron a Santiago y Cecilia, y el 27 recién se enteraron. Ellos vivían en el tercer piso. En el primero, un matrimonio conocido de la mamá de Cecilia, que cuando se enteraron de quienes eran pasaron de ser vecinos a amigos. El día que la policía fue a buscarlos le tocaron el timbre a la portera y le dijeron que diga dónde vivían, se resistió, le mostraron las armas y exigieron que ella tocara el timbre para que les abrieran la puerta. “Pobre mujer, lloraba como loca”, recuerda.

—Yo los entregué.

—No, vos no los entregaste.

—Pero les abrí la puerta.

—Si te ponen una ametralladora, ¿que vas a decir?. De todos modos los iban a encontrar.

Llovía y la chica del primero subió para llevarles a Santiago y Cecilia, frutas que traían de la quinta que tenían. Ahí vio todo, les prohibieron que avisaran a los familiares y los amenazaron con que si hablaban se los llevaban a ellos también. Pasados tres días les avisaron.

De su hijo no supo más nada. La única vez que alguien lo cita a Santiago en un relato de sobrevivientes son dos chicos, que exiliados en Europa, escriben detalladamente lo que habían visto ese día.

“Dijeron que lo vieron en la parte submarina de la base naval de Mar del Plata. A veces pensaba que entereza que hay que tener porque por ahí, cuando te están torturando y te amenazan con tus padres, tus hijos, uno no sabe hasta donde uno puede resistir. Me da bronca porque delataban y lástima porque lo que es la cruz de cargar con eso”, reflexiona Herenia.

Como legalmente no hay testificación, nadie los vio nadie, ni declaró. No se sabe qué pasó. “Probablemente si no lo han visto muchos, los mataron enseguida. Si es así, es preferible que haya sido y no que lo hayan torturado. Mirá en esa foto de allá que chiquito que estaba”, dice señalando un portarretrato con marco plateado, apoyado en la tabla de madera que está arriba de la chimenea, que se diferencia de los demás.

Herenia es como cualquier otra abuela. Entrecierra los ojos cuando habla por teléfono para mientras habla concentrarse mejor, tiene cortitos a sus hijos, habla por horas con sus amigas. Le gustan los polvorones de vainilla y chocolate, y tomar el té mientras charla. Crítica con los cortes de pelos y las ganadas de pesos de los nietos y bisnietos, mientras muestra sus fotos. Le gusta mirar televisión, leer los diarios y debatir sobre política. Rellena los espacios de la casa con retratos familiares y jarrones. En la mesa del living, quedan unos juguetes de sus nietos de los que también disfruta. Le gusta escuchar boleros, la radio y también Él mató un policía Motorizado, la banda en la que toca uno de sus nietos. Pero hay una cosa que no es: una mamá como cualquier otra. A una edad en que pensó que terminaba con su misión de madre “te vuelve a tocar”, dice. No puede parar de preguntarse qué hubiera pasado si no iba a buscar a sus nietas. “Seguro se las daban a cualquiera”, piensa.

 

Herenia Martínez Sánchez Viamonte, después de 42 años, sigue buscando a su hijo Santiago Sánchez Viamonte desaparecido junto a su pareja Cecilia Eguía Benavidez, desde 1977 en su casa de Mar del Plata.