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Orion XL: terco y torpe seré hasta el final

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Periodista: Lucas Pino González
Fotógrafa: Martina Ledesma
Diseño: Martina Ledesma

Sin millones de seguidores en la redes, a los 32 años Santiago el Chino Freiría -más conocido como Orion XL- es uno de los raperos más respetados de su generación. Mientras trabaja en su segundo álbum, el primero tras desvincularse de uno de los sellos más importantes del país, habló con Lucas González para repasar su carrera en ADM.

Las fechas de este relato no son precisas y la única certeza es que todo empezó gracias a un casette de La Renga. Santiago Freiría (La Plata, 1987) tendría 12 años cuando se topó con Despedazados por mil partes. Fue una casualidad, pero esa copia pirata que pertenecía a un primo sería crucial para forjar la idiosincrasia de un muchacho que todavía no era conocido como Orion XL y que gracias a la militancia musical de su madre estaba más habituado al cancionero de Jorge Cafrune y José Larralde que al rock nacional. 

Si bien hay cierta afinidad ideológica entre los cantores y el trío de Mataderos, al futuro rapero lo atrapó sobre todo lo contundente y directo de las letras de Gustavo “Chizzo” Napoli, que desde el principio se destacó por ser un compositor áspero y sensible, calificativos que también le caben al protagonista de esta historia, uno de los MC más respetados y formados de su generación.

Al contrario de muchos pibes de la barriada, al pequeño Freiría nunca le llamó la atención el fútbol ni los deportes, sino más bien lo creativo, una pulsión que canalizó a través del dibujo y la escritura. “Igualmente, jamás se me dio por plantearme una carrera y querer triunfar en términos de producir dinero. Lo hice más que nada para exteriorizar un montón de cosas y así ahorrar plata en el psicólogo”, cuenta. 

Por temor o vergüenza, lo artístico permaneció solapado mientras cursaba la escuela primaria. En realidad, era un alter ego, un refugio del mundo exterior al que sólo accedían unos pocos y su mamá, guardiana de los escasos registros que sobrevivieron a la época. Recién en la secundaria se amigó con la idea de exteriorizar sentimientos y mostrar lo que escribía, textos más bien introspectivos y en versos.

Y si un casette de La Renga determinó el camino a seguir en la música, la incursión bastarda en las letras fue gracias a las lecturas de Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, fundamentales en su educación sentimental, tanto como los cuentos que le narraban de chico o El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. “En ese momento estaba de moda El Aleph, que lo terminé entendiendo después, porque al principio no le encontraba la vuelta”, acepta y explica que “de grandecito” se volcó hacia el revisionismo histórico “en busca de una cuestión identitaria”. Usa de ejemplo Historía de la Nación Latinoamericana de Jorge Abelardo Ramos, el cual lee de a cuotas. “Me ayuda a entender un montón de cosas, sobre todo que nunca dejamos de ser una colonia inglesa, pese a que tengamos una fecha de independencia patria”. 

Las lecturas tuvieron su correlato en las calles, ya que integró las filas del Movimiento Patriótico Revolucionario Quebracho, partido liderado por Fernando Esteche y con una ideología de izquierda. “Muchas veces se le pone el pecho a las balas para reivindicar las causas, pero al mismo tiempo las decisiones en cualquier orden verticalista las toma una mesa de siete tipos”. Hastiado de las organizaciones, optó por militar a través del arte y en los guetos, donde se mueve como gallo en la riña.

Hijo de un empleado y una oficinista, Santiago recuerda y define la adolescencia en el Barrio Meridiano V con una palabra: caótica. “Mi viejo quedó ciego de joven y no pudo laburar más, así que mi vieja se tuvo que hacer cargo de la familia. Eso provocaba dramas y discusiones eternas. A los 12, 13 años ya pateaba la calle para no estar casa y alejarme de los quilombos”. 

Empujado por las circunstancias conoció a La Plata Brakers (LPB), el primer grupo de B-Boys que tuvo la ciudad, y gracias a ellos el baile, uno de los cuatro elementos del Hip Hop junto al graffiti, el DJ y el rap. Con el break incursionó en una cultura que a principio del nuevo milenio era un secreto a voces, lejos del público masivo y de las marcas multinacionales. “Éramos tan pocos que había una hermandad muy grande”.

Desde el Triángulo Estudio, donde graba y produce, Núcleo aka TintaSucia concuerda con su amigo y confirma que se trató de una etapa difícil, con muy pocos eventos, al revés de lo que ocurre en la actualidad. “Es tan masivo que se perdieron un montón de códigos”, escupe y revela que ambos se conocieron en una jam de breakdance. “Andábamos para todos lados. Nadie quería faltar cada vez que hacía una”. 

Por aquella época, y gracias a la revista española Hip Hop Nation, Orion descubrió a varios referentes del rap de habla hispana, caso Arma Blanca, Juaninacka, ToteKing y Nach. En el ámbito local ya pisaban fuerte Bola 8 y Sergio Sandoval. También Mustafá Yoda con Sudametrica y el Sindicato Argentino de Hip Hop, que para ese entonces había editado Un paso a la eternidad, disco fundacional para la escena.

En simultáneo, una corriente marginal ganaba cada vez más terreno entre las clases media y baja gracias al atractivo de sus figuras (Pablo Lescano o Ariel “El Traidor” Salinas) y al contenido explícito de sus canciones. Siendo que estaba en todo esplendor, ¿por qué Santiago no se volcó hacia la cumbia villera? “Me parecía que el rap era más callejero, de gente humilde. De los desposeídos para los desposeídos. Ojo, la cumbia me gustó mucho, pero jamás se me dio por hacerla. Anduve en villas de todos colores, soy un pibe que tiene una educación, no digo privilegiada, pero sí rica. Mis viejos se rompieron el orto para que más o menos pudiera aprender algo”. 

La idiosincrasia tumbera, esgrime, no lo sedujo, pese a que tiene infinitos amigos delincuentes. “Muchos muertos, otros presos y algunos tratando de no volver a caer en cana. Yo trato de aportar desde otro lado, de cultivar el verbo, el léxico. Recalcar que tenemos unas de las lenguas más ricas del mundo. Hay que reinvindicarla y no tirarla a menos ni menospreciarla”. 

Previo al auge de la cumbia, Mauro Verdi retornó al país, pieza clave en este entramado de métricas y beats. “Volví en el 94 por vacaciones y salí sorteado para hacer la colimba. Toda una paradoja”, dice el productor conocido por sus pares como My-T. Vivió hasta los 18 en Dinamarca, lugar que eligieron sus padres para exiliarse de la última dictadura cívico militar que sufrió la Argentina. Eximido del Servicio Militar Obligatorio (lo dieron de baja a los pocos meses por ley), decidió instalarse en La Plata junto a su hermano.

A Orion lo conoció gracias a Fatal B y al Perro, compañeros de banda en La Familia, y rápidamente le atribuyó la famosa pasta de campeón de la que habla el Indio Solari. No sólo escribía y rapeaba mejor que el resto, sino que lo hacía con estilo y onda. “My-T fue el único que apostó por mí”, apunta “El Chino” en referencia a su habitual colaborador. “Me aportó conocimiento de muchos estilos y disciplina de grabación”, agrega y reconoce que es quisquilloso a la hora de componer, que primero suelta un freestyle y luego arma un esqueleto al que le adhiere versos. “Le busco el groove a la pista, por eso puedo estar una semana, dos o un mes con una palabra que no me cierra”. 

Verdi aprendió a sufrirlo y a guiarlo, cual tutor espiritual y paternal le hizo entender que había más por fuera del Teatro Argentino o la calle 8, frente a la Legislatura, donde se montaban algunas movidas. Con el aval y apoyo del argentino-danés compuso sus primeras canciones durante 2006 y 2007, pero recién en 2008 concretó el mixtape Nosocomio, al que le siguió Rumores en el Ventrículo (2009). Según el trovador urbano, había poca noción de cómo se hacían las cosas y mucho de amateurismo. 

La profesionalización llegó con Kaos & Armonía (2016), álbum debut que sintetizó su imaginario (hay menciones a Sonny Boy Williamson y San Martín, pasando por Alpha Blondy y Gustavo Cerati). Producido por My-T, Demian Marcelino (Los Cafres) y la crew Afromama, se aprecian sus mejores rimas hasta la fecha, como la que incluyó en “Supositorio”: “Triste y sin vergüenza, hacé de tu esfínter floreros/ si eso te da fuerzas, desde acá te mando crisantemos/ Pero a priori, no confundas mi vicio con tu hobbie/ de pasear tu argolla como el hobbit en tu batimóvil, ¡Robin!”.

El disco significó un punto de inflexión en lo artístico. Pese a eso, no explotó comercialmente por un conflicto entre PopArt y el platense. “La industria jamás te va a decir lo que tenés que hacer, pero sí te dirá qué es lo que garpa. Y en función de eso, muchos se ven en la necesidad de rendirle a la compañía. Por suerte, fui un poco más terco y cambié lo que no me gustaba”.

De acuerdo a Emanero, emecé de larga data que para Kaos & Armonía sumó unas barras en “Espejos enfrentados”, Orion es una bestia que está al nivel del venezolano Canserbero por la intensidad de las cosas que retrata. “Tiene una picardía para escribir que me parece única en el mundo. Poesía súper exquisita y entendible que no cuenta ni por cerca el reconocimiento que se merece”. 

Iñaki Durán, agitador cultural y ex director de contenidos del multimedio Pelagatos, ensaya una teoría al respecto: “No tiene un millón de seguidores en sus redes, sus videos no tienen miles de visualizaciones, simplemente porque tiene preocupaciones más grandes que gastar plata comprando toda esa virtualidad efímera. Es la conciencia, la coherencia y la decencia de un género que necesita volver a sus bases, o al menos respetarlas”. Núcleo, por su parte, plantea que “escribiendo y dando contenido es uno de los mejores, pero ahora las cosas son muy distintas, todo pasa por ser influencer. Muchos entran por moda y se les abren mil puertas”.

Santiago es tajante sobre esto último. Prefiere mil veces a los pendejos improvisando en la plaza que jalando poxi en la vereda. Sin embargo, aclara que “es una plataforma para una libre expresión que a veces termina siendo un flujo de inconsciencia, en el que ni piensan lo que dicen”. De la camada surgida en las competencias rescata a Wos, “un pibe que tiene conciencia de clase, que toma causas populares y aprovecha la exposición para darle relevancia”. 

Ajeno al circuito de las batallas y a los beefs del trap, hoy día trabaja en dos frentes. El más ambicioso pasa por la salida inminente de Ictus, el primer material que publicará tras haber rescindido el contrato con su sello. “Estuvimos un poco relegados estos años y ya estamos listos para hacer lo nuestro, sin deberle nada a nadie”. Por otra lado, trabaja en la edición de un “librito de poemas”, donde piensa tomarse ciertas licencias que las canciones no le permiten.

Al igual que los desposeídos con los que se crió y curtió la calle, le cuesta pensar a futuro. Sucede que proyectar es un objeto de lujo inalcanzable en la canasta básica de los que viven al día. Pero intenta romper los engranajes de una sociedad meritócrata por naturaleza y le pone alas a su destino. “Tengo un sueño súper lumpen… girar con lo mío, conocer ciudades, personas, hacer un billete, vivir tranquilo, mover mi mensaje. Lo que quiere cualquier rapero. No tengo mayores aspiraciones. Tampoco pretendo llenar estadios ni hacer corear a las masas. Prefiero que me escuchen cinco y que me entiendan, a que sean 30 y que repitan como loros lo que digo”. 

Periodista sin título. Escribe sobre música en las webs de cultura ArteZeta, El Bondi y Revista Kunst. También produce el podcast #Playlist. Es de los lectores que subrayan los libros. Escucha rock, pero baila cumbia.