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Está enamorado quien espera: Sergio Pángaro y el regreso de Baccarat

Este viernes 14, Día de los Enamorados, la orquesta comandada por Sergio Pángaro se presentará en el Teatro Bar de La Plata (43 e/ 7 y 8). Matías Angelini se reunió con el cantante y repasó ideas en torno al amor romántico, al regreso de la banda y al paso del tiempo.

Fotografía: Micaela López

En abril de 1977, en los cines de Estados Unidos se estrenaba ‘Annie Hall’, la neurótica crónica de Woody Allen en clave de comedia sobre el amor imperfecto y la vida sentimental de una pareja en New York. Pocos meses después, en París, a 5.800 kilómetros de distancia, Roland Barthes publicaba ‘Fragmentos de un discurso amoroso’, que fue un éxito editorial instantáneo, donde el semiólogo analiza las ideas en torno al amor bajo la premisa de que lo sexual ya no es lo indecente, sino lo sentimental. El amor como un acto subversivo ante un mundo que nos somete siempre a dos alternativas: éxito y fracaso, vencedores y vencidos. 

Algo de ese concepto sobre el amor y el romance daba vueltas en la cabeza ese mismo año a un joven Sergio Pángaro, recién llegado a La Plata desde Comodoro Rivadavia. En 1977, ya caminaba la calles de la ciudad con alguna novia de la mano.  “Esa idea romántica siempre sobrevoló mi imaginario”, recuerda ahora.

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El artista entra al despacho con una bandeja de plata en sus manos. Sobre ella, dos copas con soda helada, dos expresos y una azucarera de porcelana. Empieza a atardecer en Balvanera y por entre los postigos se cuelan unos rayos que iluminan una pared repleta de libros: colecciones enteras de filosofía griega, de sofistas, de literatura orientales y clásicos. Todo ordenado prolijamente. El artista apoya la bandeja sobre la mesa de roble, pide disculpas por la demora y se seca con sutileza el sudor de la frente con un pañuelo. Cae la noche y en capital la sensación térmica es de 38 grados. Los dandies como él no tratan con el calor como el resto de los mortales.

Sergio Pángaro lleva más de tres décadas de carrera como cantante, actor y compositor de bandas sonoras, pero también como alguien que logró convertir su propio estilo de vida y su visión del mundo en una manifestación artística. Se ha escrito mucho sobre él: un hombre que, en términos estéticos, vivió siempre como si fuera parte de esa propia ficción poética. 

Pángaro pasó en La Plata una adolescencia y juventud formativa. Después de una carrera musical que incluyó el paso por San Martín Vampire, un trío darkwave con Rudie Martínez y Fabio Rey, empezó a coquetear con humor con la música cocktail y la idea de un crooner impoluto frente a una época licuada de ideas. Fue entonces, para 1999, que creó Baccarat, una orquesta que intentaba emular el sonido de Henry Mancini y Dámaso Pérez Prado, con la desfachatez que solo una persona nacida en el rock platense de los ‘90 podía imprimir: ironía, performance y reflexiones inquietantes. Música lounge, boleros y jazz hechos con samplers y bailarinas que mutó a una banda estable con tres discos ‘Baccarat por el mundo’ (1999), ‘Baccarat en Castellano’ (2003) y ‘Autoayuda’ (2005); un EP ‘Unos minutos con Baccarat’ (2015); un disco en vivo ‘Baccarat en La Ideal’ (2001) y la recopilación ‘Grandes Éxitos del Mañana’.

“Necesitábamos mucho de la buena voluntad del público. De que entendieran el chiste con vernos. Hacíamos coreografías elegantes y con moñito y que de eso construyeran, como el mingitorio de Duchamp. Dependíamos mucho de la mirada del oyente, que era un oyente platense, muy culto, que valoraba estos gesto y no buscaba el defecto”, reflexiona ahora Pángaro en su living.

Sergio lleva una camisa celeste claro, amplia, con pintitas en el pecho, un pantalón de vestir claro con finísimas líneas negras a lo largo, zapatos de cuero marrones relucientes con una hebilla dorada al borde de la botamanga. El gel mantiene su pelo oscuro estático, salvo por un mechón del flequillo que desfila por su frente y que resiste ante las embestidas de su mano para acomodarlo. 

A la vista, el cantante es una figura exótica en la escena artística y mucho más en la calle: su contrato estético lo acompaña permanentemente, como un enamorado de lo vintage, camina vestido impecable, con el bigote bien recortado y un swing de otro tiempo.

“Siempre fui consciente de la ironía de Baccarat. El tema es que siempre traté de minimizarla porque nuestro entorno, tanto la escena artística como el público que consumía nuestros show, ya tenía sus dosis de ironía. No había que explicar ese humor. Entonces nos dedicamos a amar todo lo posible el género, amarlo de verdad, sacarle la burla. Sino, era más de lo mismo, sería una redundancia. Nos esforzamos por entenderlo.¿Por qué nuestros padres escuchaban esto?. ¿Cómo eran nuestros padres? Habían sido también ingenuos, habían sido también jóvenes, habían querido cambiar el mundo”, repasa.

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Pángaro fuma. Con el brazo derecho apoyado en la mesa sostiene el cigarrillo. Suelta el humo y piensa en el amor. El viernes de febrero, Día de los Enamorados, volverá con Baccarat a La Plata después de muchos años. Piensa en el amor y habla de San Valentín, aquel soldado romano convertido en mártir que casaba a los legionarios cuando el cristianismo estaba prohibido. 

“De lo que hablamos nosotros es de la institución, porque el sentimiento es tan inasible. Cuánto dura y todos sus productos, que son los hijos, los bienes, las vacaciones, la representación del amor en terceros, cómo me ven, qué tan enamorado me ven. Y eso se ve ahora en las redes sociales. La producción de las relaciones, lo que antes era terapia de pareja, son fotos que van validando que estás bien. ‘A la gente le gustó nuestra foto’. Sin ánimo de crítica, porque uno es feliz como puede”, reflexiona Pángaro.

Para Pángaro, el amor siempre fue un campo de experimentación del deseo. “Usaba mi experiencia personal, con sufrimiento, la ley del deseo como diría Almodóvar, haciendo una especie de análisis, reflexionando: ¿qué pasaba con las relaciones? Tratando de llevarlo todo a la producción artística, tanto canciones como elementos de show, y las experiencias de Baccarat como la culminación de un hombre que se expone como materia de su obra. Los reclamos sentimentales fueron transitados como parte de un guión que se iba armando a medida que se iba viviendo. Idas y venidas, desencuentros, superposición de amores y sentimentalismos, infidelidades. Todo lo que hace al universo sentimental era un caldo de cultivo para letras, para pasos de comedia para shows de Baccarat”, confiesa.

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Después de cinco años de inactividad, Baccarat se reunió para celebrar el 20º aniversario de su primer disco. Primero, con la idea de editar un vinilo con varias canciones que fueron apareciendo en estos años. Pero después vino la crisis, por lo que el festejo devino en dos conciertos agotados en la Sala Siranush y la culminación en La Plata, justo en el Día de los Enamorados, donde compartirá escenario con su amigo de la infancia y vocalista de Mister América, Gustavo Astarita.

“El público demostró que en el inconsciente se mantuvo la idea de Baccarat, porque se llenaron las salas y no contamos con la difusión que hemos tenido en otros momentos. La gente se acercó. Durante todos estos años que no tocamos se ha juntado material, que el tiempo fue haciendo la curaduría de qué canciones podrían integrar un repertorio nuevo que envejece bien y que no. Eso muy probablemente este año vaya apareciendo”, adelanta Pángaro.

Barthes apoya en la espera el verdadero estado de enamoramiento.”A veces, quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo en este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro adelantado. La identidad fatal del enamorado no es otra más que esta: yo soy el que espera”. Sabiéndose enamorado del género, de pensarlo, de entenderlo, Pángaro ya no espera más. Baccarat está de vuelta.

Matías es periodista cultural. Colaboró en el diario El Día y es ayudante de gráfica en Facultad de Periodismo de la UNLP. Prefiere el vino que la cerveza pero no lo dice mucho. Nació en Bahía Blanca y no entiende cómo la gente en La Plata dice que tiene frío. Quiere morir con 'The Thrill is Gone' de Chet Baker de fondo.