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Peces Raros: Algo raro está pasando

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Periodista: Mag García
Fotógrafo: Manuel Cascallar
Diseñador: Agustín Forestieri

Los Peces Raros se preparan para presentar Anestesia, su nuevo disco, el 23 de marzo en Niceto junto a B-Sides y Vurkina. Con fotografías de Manuel Cascallar, Mag García se sumergió en el océano de tecno por el que la banda navega y charló con ellos sobre la hipnosis, la profundización de sus conocimientos en la electrónica y cómo se vincula con su música el haberse convertido en DJs.

Se comenta que antes del desarrollo del método psicoanalítico, Sigmund Freud practicaba con sus pacientes la terapia mediante hipnosis. Este procedimiento, según el médico checo, posibilitaba el acceso a las profundidades del inconsciente. “Yo una vez hipnoticé a Lucio”, dice Benjamín Riderelli, el baterista de Peces Raros. “Estaba dormido y no podíamos despertarlo. Lo zamarreamos hasta que nos dimos cuenta de que estaba en ese punto del sueño en que podés escuchar y entender lo que te dicen, pero seguís dormido, así que le empecé a hablar. Pero de eso después no se acordaba nada”.

En la cocina suena un disco del trío berlinés Moderat, que consideran parte de sus grandes influencias electrónicas. Están los cuatro sentados a la mesa, en las últimas cartas de un truco y con mates a pesar de los cuarenta grados de térmica que anuncia un canal de noticias en la televisión de algún lugar lejos, muy lejos de esta casa del barrio Meridiano V. Aquí, en su pecera, conviven, trabajan y juegan. Unos minutos antes estaban escuchando y cantando una versión de “Bohemian Rhapsody” en un tono más abajo que la original. Intentaron, después, hacer lo mismo, pero de oído y con “Seminare”. “Lucio una vez quiso hipnotizar a su gato”, continúa Marco Viera, encargado de los sintes, la voz y la guitarra. Benjamín se levanta y pone sobre la mesa un libro: Hipnosis Científica Moderna, de R. N. Shrout.

La palabra «hipnosis» viene del griego hypnon: dormir, soñar. Durante los dos años que pasaron entre Parte de un Mal Sueño (2016), su segundo álbum, y el flamante Anestesia, que presentarán este 23 de marzo en Niceto Club, los Peces no estuvieron dormidos, sino más bien sumergidos en el mar electrónico del inconsciente. Además de sus presentaciones como grupo, tres de ellos devinieron DJs, se abocaron a la producción de fiestas, y nadaron por las noches en océanos de tecno, hasta que una ola los arrastró a la orilla empapados de sonido. “En los sets de electrónica siempre buscamos generar un relato muy homogéneo”, cuenta Lucio Consolo, guitarrista y cantante de la banda. “Los preparamos mucho según género, estilo y timbre. Eso está íntimamente relacionado con el concepto de la hipnosis en la repetición”. “Como en un viaje al centro de la mente”, agrega, “subimos escalones hasta llegar a algún lugar”.

¿Y hasta dónde llegarán los Peces Raros? No, gracias (2014) fue el primer paso: rock de estilo progresivo con influencias spinetteanas, guitarras rasgadas de indie y tintes coloridos en los sintetizadores. Al siguiente piso, de un salto. Parte de un Mal Sueño (2016) apareció como un acercamiento de la canción al track. Un híbrido de pez y máquina, donde los estribillos rockeros comenzaron a conjugarse con las texturas y el mantra electrónico bailable. De esta forma, Anestesia (2018) es la prueba (in)tangible del refinamiento de la banda en el dominio de ambos géneros. Un disco que respira tecno, donde las cuerdas y el hi-hat se funden entre los tiempos alargados del trance.

Parte de un Mal Sueño fue nuestro descubrimiento de la electrónica. Pero la metimos a martillazos, porque éramos relativamente nuevos”, dice Marco. Los Peces Raros se apropiaron lentamente de las máquinas: “Lucio, Benja y yo empezamos a pinchar y mezclar. Fuimos a muchas fechas de rave donde nos fuimos nutriendo y aprendiendo de qué iba”, agrega. Entre 2016 y 2018, realizaron tres ediciones de Algo Raro, su propio ciclo de fiestas, y lanzaron Desconfiguración, un EP con tres remixes de su segundo álbum. En Anestesia, según Marco, “toda esa experiencia se condensa en la producción”.

En mayo de 1994, el crítico musical Simon Reynolds buscaba una categoría para nombrar a un conjunto de lo más variado de bandas británicas de rock que ampliaban el esquema tradicional bajo/guitarra/batería hacia la tecnología computarizada: secuenciadores, samplers, dispositivos MIDI. Eligió el término “post-rock”, lo más amplio que encontró para abarcar todas. Significa usar la instrumentación del rock para propósitos ajenos al rock: usar las guitarras como vehículos de timbres y texturas más que de riffs y acordes de potencia. Esta es quizás, un cuarto de siglo más tarde (y de este lado del mundo), una definición posible para los Peces Raros.

“Al hacer Anestesia permitimos que la electrónica proponga, que el formato canción sea adulterado y cambie en virtud del desarrollo y el tiempo que tiene el track”, dice Marco. En el camino hacia el presente, los Peces se atrevieron a liberar la narrativa de las estrofas y los estribillos, y cambiaron riffs por colores sonoros que generan una atmósfera volátil y envolvente. El lenguaje de las máquinas (sintetizadores, baterías electrónicas) lleva en sí un estiramiento del tiempo y el desarrollo del relato electrónico. Así, la duración de este álbum-viaje se extiende en casi una hora de duración, el doble que en No, gracias y Parte de un mal sueño. “De hecho, un trabajo que tuvimos que hacer una vez que tuvimos los temas fue ver cuánto necesitábamos de ese desarrollo y recortarlo un poco para que no deje de ser un disco de canciones”, cuenta el baterista.

En Anestesia cada canción habita una idea, una molécula, de la que se desprende la música. Los sonidos parecen abrirse y cerrarse como nenúfares perfectos en un lago oscuro. La noche platense se transforma en un bosque de azules violetas y sólo la luz de la luna ilumina. Todo ocupa su debido lugar en la textura de este paisaje electrónico que vibra con las cuerdas gruesas de Mariano Sosa: “el sonido es complejo, pero usamos la menor cantidad posible de materiales, entonces todo su discurso está impregnado por una idea minimalista de unidad”. En esta idea de unidad, para Lucio, ocupa un lugar muy importante la coherencia tímbrica: “Usamos sólo nuestros sintes, para que en el disco completo se genere una situación sonora que lo envuelva todo”. Una atmósfera hipnótica que anestesia el cuerpo.

Y esta atmósfera consigue su mejor expresión en el vivo. Allí el ambiente sonoro y el baile ocupan el lugar central. En sus recitales, los Peces se esconden entre sombras y contraluces, sobre una puesta en escena despojada. Más próximos a la metodología del dj que a la de un grupo de rock n’ roll, se desplazan hacia un segundo plano, y ponen de relieve la percepción de la música, el ritual, el cuerpo. “Hace un par de años era muy poguero el público, hoy su comportamiento es mucho más parecido al de la fiesta. No miran hacia el escenario. Están ahí, bailando con su grupo de amigos”, observa Marco. La banda renunció al esquema tradicional del show rockero, a la idea músico-centrista, para que las sensaciones ocupen todo el espacio. Tampoco hacen pausas entre canción y canción: “Es un gran aplauso al final, un agite en una bajada, o cuando emulamos un drop, ese punto de máxima tensión en un set, o un chifildo típico de la fiesta electrónica”, añade el bajista.

Es que en La Plata la cultura rave se apoderó de la escena musical. El rock y el pop coquetean cada vez más de cerca con la electrónica. DJs y bandas se acoplan en fiestas que producen entre ellos como Mundo Perro, Low-Fi y Avalancha de Techno, y crean sus propios reductos: buscan lugares apartados para bailar toda la noche, porque “también es la ciudad en donde la electrónica está más perseguida en todo el país”, comenta Marco. En febrero de 2017, la Municipalidad inauguró la línea telefónica 147 del Sistema Único de Atención Vecinal (SUAV). Allí se realizan, de manera anónima, las denuncias que habilitan a las fuerzas policiales para desmantelar fiestas “clandestinas”. Estas medidas de fuerza se completan con seguimientos a través de redes sociales de los eventos y convocatorias en las que las direcciones se comparten de forma privada.

A tres años de la trágica Time Warp, los acusados (empresarios, organismos de control gubernamental, fuerzas de seguridad) siguen libres; las familias de los cinco jóvenes muertos esperan justicia; y la Cámara Federal dilata los tiempos del proceso judicial, impidiendo llevar a juicio a los responsables. Mientras tanto, un grupo de oficiales de Control Urbano apaga una fiesta más. Dos, tres, cien. La cifra se celebra en los títulos del diario. “Los medios corrieron el problema hacia las drogas y la música, pasando por alto todas las irregularidades que cometen los dueños de los grandes lugares”, explica Lucio. “¿Y cómo le mostrás a los vecinos que estás haciendo algo? Cerrando la fiestita del club del barrio”, añade. Pero la cruzada no es únicamente con las fiestas nocturnas, sino con el género musical y las ideas que representa: “Donde hay electrónica se juntan personas que piensan de determinada manera, y se genera un movimiento “contracultural”, en relación a la cultura hegemónica que se quiere imponer”, agrega Benjamín.

 

Escaparse o esconderse. Alrededor no quedan muchas más opciones. Lucio dice que “todo lo que sea un escapismo es anestesia”. La televisión es anestesia, las redes sociales son anestesia, las drogas son anestesia. Y aunque para sobrellevar el día a día, algunas noches, un poco de anestesia sea necesaria, “tampoco mejora las cosas, sólo las duerme”, agrega Marco. Freud dijo que un loco es, en realidad, un soñador despierto. Puede que, entonces, los Peces sean locos: entre el sueño y la vigilia, pero menos dormidos que despiertos, se sumergen en las aguas del trance, para flotar, sentir que todo está mejor, o no sentir al menos por un rato.

 

Duerme con los visitantes y juega con los locales.